Crítica al libro «Frigerio, el ideólogo de Frondizi»

Por Guillermo Ariza

«Frigerio, el ideólogo de Frondizi» (Apogeo, ocaso y renacimiento del desarrollismo argentino) de Mario Morando A-Z Editora, Bs. As.  2013, 417 páginas

El autor de esta obra tiene el doble mérito de haber presentado la primera “biografía intelectual” de Rogelio Frigerio escrita después de su muerte y, anteriormente, haber tenido la iniciativa de proponer, en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, la declaración de ciudadano ilustre para esta personalidad relevante de la política y la economía argentinas.

Para quienes conocieron a Frigerio de cerca este libro probablemente resultará una aproximación incompleta, dada la vastedad del pensamiento y la obra del estadista que sus páginas evocan prolíficamente. Pero, en cambio, para quienes deseen aproximarse al pensamiento y la obra de esta figura singular en la historia argentina del Siglo XX, que introdujo ideas originales en la política nacional, este libro puede resultar de gran interés dada la escasez de bibliografía disponible sobre sus ideas.

La investigación ha sido realizada en forma profusa (para utilizar una palabra que Frigerio utilizaba con frecuencia) y la recopilación de anécdotas, citas y circunstancias históricas, es sin duda abundante. Abundancia que por momentos genera cierta confusión al no jerarquizar las diversas fuentes utilizadas y poner en un mismo plano citas de autores serios junto a otros con intención denigratoria, sin discernir diferencias.

Como resulta inevitable cuando no se recurre al método historiográfico, los preconceptos del investigador terminan contaminando el objeto bajo análisis. Esto ha ocurrido en esta obra, que resulta así la expresión de las ideas de Morando acerca del desarrollismo, y de Frigerio en particular, por quien expresa una empatía personal, antes que una exposición ordenada de su gestación como cuerpo doctrinario y de su aparición en la historia de uno de los idearios que más han influido en el pensamiento nacional. 

Tal distorsión es particularmente evidente en el análisis y ponderación de la relación que unió a Rogelio Frigerio con Arturo Frondizi. El nada disimulado menosprecio hacia el estadista que presidió la Argentina entre 1958 y 1962 (a quien se lo menciona como encargado del marketing, reservando para Frigerio la condición de único y principal inspirador de la propuesta y la gestión del programa desarrollista) conlleva la incomprensión de la alianza esencial que unió estrechamente a estos dos hombres extraordinarios, con formación y experiencias distintas, pero que lograron conformar un binomio de influyente actividad política, de pensamiento creativo y de acciones gubernamentales que, con el paso del tiempo, son cada vez mejor evaluadas y consideradas por su importancia y significación histórica.

La semblanza de la personalidad de Frigerio menciona su ímpetu, su condición de hábil y coherente expositor de ideas, y aún su vocación de polemista en torno de las cuestiones más candentes de la economía, la cultura y la historia argentina, terrenos todos en los que era un potente interlocutor que seducía y espantaba por igual; pero resulta incompleta al no resaltar, quizás por ausencia de un conocimiento personal, otros aspectos destacados de su condición humana: su enorme generosidad, su sensibilidad y carisma para entenderse mano a mano con sus interlocutores más sutiles, y la inmensa calidez con que expresaba, en raras ocasiones su afecto.

El núcleo interpretativo sobre Frigerio suele resumirse en una simplificación: que fue comunista en su juventud y liberal en su adultez, lo cual no sólo es erróneo sino que constituye un equívoco irreversible que presenta como un cambio (incendiario en la juventud y bombero en la madurez, como reza el aserto popular) lo que en realidad fue una meditada construcción teórica aplicada a la realidad argentina. Frigerio siempre negó haber pertenecido al Partido Comunista y al mismo tiempo reivindicaba su militancia en Insurrexit, una organización estudiantil que el partido prosoviético consideraba una colateral de su despliegue táctico y con cierta rutina se ha repetido que quienes participaron en ella eran comunistas. Isidoro Gilbert, autorizado por su larga pertenencia al aparato de comunicación soviético en la Argentina, aclara en su libro “La FEDE” que “ser miembro de Insurrexit no implicaba obligatoriamente ser integrante de la FJC o del PCA”, aunque él mismo cede a la rutina y cree que Frigerio perteneció al partido.

La versión del propio Frigerio, brindada al autor de estas líneas, resaltaba que cuando los militantes de Insurrexit advirtieron que las interferencias del partido amenazaban la autonomía del grupo decidieron clausurarlo, circa 1934, y al mismo tiempo responsabilizaron al PCA del intento de manipulación. Lo decía con cierto orgullo y sonriendo: “nosotros exigimos que el partido comunista se disolviera”, porque su organización y sus acciones no correspondían a la política que declaraba seguir, obviamente consciente de lo que esto significaba en términos de proporciones políticas…

Entre los integrantes de Insurrexit estuvieron, además de Frigerio, Baltazar Jaramillo, Ernesto y Arturo Sábato, Eduardo Aragón, Jacobo Gringauz, Carlos y Jacobo Hojvat, Isidro Odena y Bernardo Sofovich, que siguieron trabajando juntos, y Héctor Agosti, quien permaneció en el PC y mantuvo, como el resto, su amistad con Frigerio durante toda su vida. Esta enumeración incurriría en una omisión importante si no se mencionara a tres personalidades que se incorporaron a la usina después de 1955. Marcos Merchensky, formado en el socialismo, periodista e intelectual de alto vuelo, sumado a la redacción de Qué en 1956; Ramón Prieto quien, habiendo sido delegado de Perón y participado decisivamente del Pacto, asumió un compromiso profundo con la propuesta desarrollista y fue clave en las relaciones políticas y sindicales de todo el espectro nacional; y Juan José Real, expulsado del PC por proponer una mejor comprensión del movimiento nacional, que encontró en el equipo frigerista una inserción sólida aunque necesariamente clandestina. Ellos estaban entre los afectos políticos más hondos del viejo Tapir.

No hay sutileza sino varias confusiones superpuestas cuando se dice de Frigerio (pág. 223) que “formado en la disciplina marxista-stalinista, si bien sus fines eran liberales, no lo eran sus medios”. De allí surge, según el biógrafo, “la certeza del dogmático que sabe que tiene razón”. Frigerio defendía sus puntos de vista con firmeza, pero promovía el intercambio a fondo con criterios que podían ser contradictorios, para iluminar los temas en debate. Era, eso sí, exigente en la calidad de los aportes, y para él era una cuestión metodológica básica discernir entre lo esencial y lo secundario.

Frigerio no se formó en ninguna disciplina “marxista-stalinista“, sobre cuya existencia convendría interrogarse, aunque conocía en detalle la historia de la revolución rusa y su evolución como régimen comunista. ¡Hasta se puso a estudiar ruso en su juventud para leer a los clásicos en esa lengua! Era un lector de enorme avidez y muy amplio en su intereses intelectuales y artísticos. Su matriz conceptual era, si hemos de creer a Oscar Camilión, “hegeliano-marxista”, con los riesgos que implica toda clasificación y más si está hecha, aún de buena fe, por quien no comulga con tal enfoque epistemológico. En sustancia, Frigerio era un dialéctico, y por lo tanto reconocía su deuda con esta vertiente de la filosofía. Valoraba el aporte de Camilión, justamente, por considerarlo un exponente muy lúcido de la visión conservadora. En el entendimiento con Frondizi debe haber gravitado con toda seguridad las lecturas de ambos de los aportes marxistas ortodoxos y heterodoxos.

El Tapir había leído y releído, y volvía a hacerlo, no sólo El Capital, sino también los escritos tempranos de Marx. A los militantes más cercanos les recomendaba el Antidühring, de Federico Engels, por considerarlo una síntesis muy accesible del método marxista.

Y es posible advertir hoy, releyendo a Antonio Gramsci, la influencia del pensador italiano víctima del fascismo en la formulación original que hace Frigerio, aplicando ese método a la realidad argentina. Para su análisis de la cuestión nacional se inspira más en Gramsci que en Stalin, quien, como comisario de las Nacionalidades en los comienzos de la Unión Soviética, había alcanzado rango de tratadista en este tema, que por otra parte era fundamental en Rusia. Frigerio recordaba, en los seminarios que realizaba con el núcleo de su secretaría política, que la necesidad de unificar el Estado soviético había llevado a la brutalidad de prohibir las diversas lenguas y hasta destruir las imprentas con las tipografías representativas del mosaico idiomático de los pueblos que fueron incorporados coactivamente a la revolución bolchevique.

El estilo de trabajo frigerista conservaba no pocos tics de la clandestinidad que imponía la dura represión que durante los años treinta del siglo pasado se aplicaba en nuestro país a todo lo que oliera a comunismo o socialismo. Como consecuencia, nunca hacía gala en público de su pensamiento dialéctico, aunque lo empleaba sistemáticamente en todas sus exposiciones escritas y orales. Quien entendía, lo apreciaba, pero no “avivaba giles” dando pasto a la reacción y a la excitación de los prejuicios divisionistas.

Era un porteño de ley, orgulloso de su ciudad y un argentino que había estudiado la historia de su tierra, las luchas civiles y cada instancia de constitución de la nación como estado y como cultura, y decía que “fuimos federales para poder ser una nación”. Dialéctica pura. Quizás esa originalidad en ser profundamente nacional y utilizar para estudiar los problemas el método dialéctico es lo que ha impedido que la academia se ocupara de él como sin duda lo merece.   

Se inspira en Gramsci al formular su propuesta de alianza de clases. Esto no se advierte si se cree que la dialéctica fue una enfermedad juvenil en Frigerio. La alianza de clases no implica subordinación ni olvido de la lucha esencial que se libra en el seno del capitalismo. Es una estrategia política para llevar esa tensión profunda e histórica a un plano superior, donde puedan satisfacerse con mayor generosidad, ya que no con justicia, las necesidades sociales. El énfasis de Frigerio pasa por crear condiciones a escala nacional para que la acumulación opere en el seno de esa entidad que es la Nación Argentina, realidad histórico-concreta al mismo tiempo cultural y política. La definición del Estado Nacional brindada por Frigerio alberga esa diversidad que no está dada de antemano,  pues al mismo tiempo que va construyendo su unidad como síntesis jurídico-política es presionada a su fragmentación o debilitamiento por la acción del factor externo, con el que está en pugna.

Este enfoque dialéctico para analizar los desafíos de la realidad argentina está ausente en el libro de Morando, por lo que será recomendable leer a Frigerio en directo, o al propio Frondizi, si se persigue una comprensión más afinada de la matriz teórica que los inspiró. Falta encarar, tarea para epistemólogos, una exposición específica del “método de análisis” que hoy se invoca no sin cierta ligereza.

Esta obra, repitámoslo, puede sin embargo ser muy útil para inducir una aproximación al pensamiento desarrollista, cuya evocación ahora parece de moda a riesgo de su banalización. Si ayudara a plantear interrogantes sobre esta vertiente transformadora del pensamiento nacional resultaría, no obstante las observaciones realizadas, un aporte valioso que alimentaría un debate necesario.

En el conjunto de elementos un tanto indiscriminado que aporta Morando hay algunas perlas, por cierto, pero encontrarlas implica sumergirse en numerosas páginas (afortunadamente reproducidas sólo en parte) que se han destinado a denostar a Frigerio. Es destacable, asimismo, tanto la nutrida bibliografía, como las citas complementarias y anexos documentales que ocupan un centenar de páginas. Algunas fotografías de origen familiar y otras políticas, completan los adjuntos, con un simpático dibujo de Hermenegildo Sábat sobre Frondizi y Frigerio que de hecho es una réplica implícita al desnivel entre ambos que pretende el autor.

Unas líneas finales, pero necesarias, para lo que es realmente un injerto raro en este libro: la relación entre Frigerio y Clarín. Aquí Morando se limita a incorporar la versión “oficial” del grupo Magnetto y es por lo tanto la mistificación de un fenómeno de apropiación tan audaz como carente de principios. La versión presentada no sólo es errónea, sino deliberadamente distorsionada. Es un “relato” cuidadosamente elaborado para pasar como verdad histórica. Es la interpretación que ofrecen, por diversos caminos, quienes traicionaron a Frigerio y, pactando con el establishment, transformaron “el gran diario argentino”, en una herramienta de poder y lobby, apartándose de su compromiso editorial por hacer de la Argentina una nación integrada y pujante, tal cual lo había asumido en vida su fundador, imprimiéndolo como matriz de la vocación informativa del medio, registrando los hechos y explicando su significado.

La ruptura de Magnetto con Frigerio es presentada allí como una diferencia civilizada entre hombres de negocios saldada con dinero. Nada más alejado de lo que ocurrió en los hechos, en febrero de 1982, justo antes de que, en su última voltereta desesperada, la dictadura militar desgastada por el peso de sus crímenes  lanzara la ocupación de las islas Malvinas y con ello embarcó al país en una guerra suicida e irresponsable. Clarín acompañó, con una cobertura “objetiva” tal desatino.

Con Frigerio al comando del diario (lo había perdiendo ya para entonces a manos de Magnetto y su grupo, en parte debido a errores de su equipo) esa colusión no hubiese sido posible, porque el viejo dirigente, en plena lucidez, no dudó en catalogar este hecho trágico, el mismo día del desembarco, como una aventura irresponsable que iba a traer gravísimas consecuencias para el país, y no sólo en su amputación territorial, como efectivamente sucedió.

El pacto gerencial con el establishment ya se había consumado antes y había que quitar del medio a quienes podían interferirlo. La operación de embaucamiento nacional que constituyó Malvinas no se podía hacer con impunidad mientras el frigerismo influyera en Clarín. Por eso la “desvinculación” ocurrió justo antes de la aventura militar, tan gravosa luego, por sus secuelas, para los valores y las esperanzas del pueblo argentino.

La coartada es pueril, pero a fuerza de repetida algunos se la creen: Magnetto habría convencido a la dueña del diario de despegarse de un grupo político que le quitaba “independencia”, “objetividad” y, sobre todo, “potencialidad de negocios”.

La realidad incontrastable es que el desarrollismo, guiado por Frigerio, llevó a Clarín a convertirse en el diario más importante editado en habla hispana. Eso no lo hizo Magnetto, sino Frigerio y un conjunto de colaboradores leales, desde 1969, cuando ocurre la muerte del director-fundador. El gerente general nombrado posteriormente, en quien se había depositado la confianza, acompañaba, poniendo en orden una administración que la agonía de Noble y apoderados irresponsables habían endeudado a riesgo de ver hipotecada su viabilidad como empresa.

¿Cuándo una traición es lo suficientemente grande y exitosa como para no aparecer como tal?  Este es un caso emblemático de esa paradoja. Morando no se asoma a lo  que  realmente ocurrió. Sólo incluye este capítulo edulcorado, donde el héroe es Magnetto (¡lo cual resulta obsceno en un libro dedicado a Frigerio!) y para que pase tiene que presentarlo como el hombre que lo digitaba todo, que pensaba en todo, que se anticipaba a todo. Un nuevo culto de la personalidad, ciertamente de escala modesta, que ya han transitado otros motivados panegiristas…

Consumada su exclusión de Clarín, Frigerio todavía libró batallas importantes. Ya estando en proceso su “desvinculación” fue activo protagonista de la Multipartidaria en 1981/82, coalición que naufragó en Malvinas, y, en diciembre de 1983, se presentó como candidato a la presidencia de la Nación, insistiendo en que el país debía aplicar un programa de cambios estructurales, con lo que obtuvo muy pocos votos… Tenía razón, pero no interpretó que la sociedad argentina quería, ante todo, que se restaurara la vida democrática y se fueran los militares. Frigerio sabía, y lo había explicado abundantemente en sus escritos anteriores, que en un país subdesarrollado como el nuestro la democracia supone y necesita un avance cultural tanto como la expansión de la base productiva y la consiguiente modificación de la estructura social para poder realizarse, porque de otro modo se convierte en una forma sin contenido, o de insuficiente esencia participativa. Pero su propuesta, expresada de un modo quizás poco llano y accesible, no fue escuchada. Así se restauró la democracia, pero la transformación de la conformación social y cultural argentina quedó pendiente. Aún lo está.  

Guillermo Ariza

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